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Tove Jansson en su centenario

Con el deseo de escapar del dolor y de la desesperanza que le produjo el estallido y consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, la fértil imaginación de Tove Jansson engendró el  Valle de Mumin, un espacio de ensueño donde –a diferencia de lo que estaba ocurriendo en esos momentos- la amabilidad, la limpieza de corazón y la alegría de vivir tuvieran la última palabra. El valle estaba poblado por unas criaturas peculiares, seres inocentes que pasaban sus días de modo tranquilo y que desconocían los malos sentimientos, si bien su existencia se veía perturbada de vez en cuando por algún incidente o misterio. El humor, la melancolía y un delicado ‘nonsense’ se daban cita en los relatos que la autora ideó para que protagonizaran sus entrañables personajes, que no carecían de hábitos fácilmente reconocibles en el mundo animal (como la hibernación), pese a no ser animales, y a los que era difícil observar, pese a no ser invisibles. La vida en el valle era, al menos en cierto modo, la Arcadia a la que volar con la mente cuando el horror de la guerra o su recuerdo lo ensombrecía todo, pues las historias de los Mumin constituían un canto al medio natural, la diversidad social, la curiosidad como vía de conocimiento y la familia como espacio de amor y de acogida.



En 1945, la primera de las historias protagonizadas por la saga Mumin, Los Mumin y la gran inundación, pasó casi desapercibida, pero Jansson siguió dando vida a las desventuras de este pueblo de singulares personajes, de formas redondeadas, piel blanquecina y ojillos alegres, ‘hijos’ de una curiosa amalgama de criaturas del folclore nórdico, tan querido para esta autora, nacida y residente en Finlandia pero de lengua sueca. En este primer relato todavía no figuran algunos de los personajes más reconocibles de la serie, por lo que se considera una suerte de esbozo del universo Mumin. Al año siguiente, su segunda novela, La llegada del cometa, conoció un éxito arrollador, lo que propició su traducción a otras lenguas y la continuidad de la saga, que conocería seis títulos más (libros de ilustraciones y cómics aparte), el último de los cuales, Finales de noviembre, data de 1970, año en el que la autora dio por finalizado este periodo de su creación literaria.

En efecto, la producción creativa de Tove Jansson, que se inicia en su primera juventud, durante sus años de estudiante de Bellas Artes en Estocolmo, conoció diferentes etapas e intereses. Si bien los primeros esbozos de lo que luego sería la estética Mumin datan de estos primeros años (se trata de bosquejos a partir de personajes de la tradición finlandesa), esa época temprana estuvo centrada en las tiras cómicas y caricaturas que elaboraba para publicaciones como la revista satírica Garm, así como en el desarrollo de una importante producción como pintora, en pleno auge de la abstracción, estilo que no cultivó de forma ortodoxa, decantándose por una estética más próxima al expresionismo característico de la Europa de entreguerras, aunque las obras de Jansson carecen del desasosiego extremo de este movimiento. Consideraba la pintura su verdadera vocación, además de constituir la actividad que le permitió ganarse la vida gracias a los numerosos encargos que recibió en su país para realizar murales monumentales, labor que, en los cincuenta, combinó con colaboraciones como humorista gráfica en el periódico británico Evening News (para el que realizó –en colaboración con su hermano- tiras protagonizadas por sus trolls), la continuación de la serie narrativa de Los Mumin y el comienzo de un interesante carrera como escritora de literatura para adultos, con obras como Juego Limpio, La hija del escultor y El libro del verano. En estas obras, relatos de marcado carácter autobiográfico, apreciamos la peripecia de una mujer de ideas avanzadas, que nunca supeditó su bienestar emocional a las convenciones de la época, como lo demuestran los innumerables retratos existentes de la larga convivencia con su compañera sentimental, la artista gráfica Tuulikki Pietilä. Por otra parte, en estos textos se observa su amor por lo pequeño, el detalle ante los hechos y personas comunes, a quienes la Literatura con mayúscula suele negarles protagonismo alguno.

Los años fueron pasando, mientras se sucedían las traducciones de los Mumin (a más de treinta lenguas), adaptaciones teatrales y, en Japón, aparecía la primera serie de televisión que tenía a estos trolls como protagonistas. Tove Jansson vivía una existencia apacible en la isla Klovharu (golfo de Finlandia), cuando, en 1966, recibió la noticia de la concesión del Premio Hans Christian Andersen de Literatura Infantil y Juvenil, honor reservado a pocos autores y que llegaba tras una serie de importantes galardones, entre los que destacan el Nils Holgersson (1953) y el Nacional de Finlandia (1963). No sería el último que recibiría en su larga vida, pues fallecería en 2001, octogenaria y, a juzgar por sus escritos, feliz, tras una vida en la que logró conjugar su trabajo con sus intereses y su proyección social con su vida privada.

Creadora de uno de los más potentes y tiernos imaginarios de la literatura infantil, Jansson cumpliría cien años este verano. CANAL LECTOR se suma a los  homenajes que las bibliotecas, centros de enseñanza, librerías e instituciones culturales de su país le están tributando por esta efeméride, y que tiene como hito principal la gran exposición que se desarrolla hasta septiembre en el Ateneum de Helsinki. Para más información, se puede consultar la web oficial del centenario (en inglés).

Los usuarios de CANAL LECTOR disponen de un enlace para acceder a las reseñas realizadas de la obra infantil de esta autora, a las que hemos añadido El libro del verano, de interés para público joven.

Para quienes deseen curiosear en el universo Mumin, recomendamos echar un vistazo a la serie de dibujos animados que dirigió Hiroshi Saito para la televisión japonesa,  disponible gratuitamente en la red en varios idiomas. Este enlace pertenece el primer capítulo de la primera temporada, “Primavera en el Valle de Mumin” (en inglés).

 
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