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Lectura. Escuela. Bibliotecas (Primera parte)

Hacia una lectura crítica, comprensiva y placentera*

Todo nace de la abrumadora constatación de una realidad hiriente: el fracaso escolar va creciendo progresiva y devastadoramente entre nuestros escolares. A partir de aquí, el debate suele dirigirse hacia un absurdo afán de buscar las instancias culpables de esta situación: unos y otros (maestros y padres) se enzarzan en una imposible batalla dialéctica que en el fondo sólo pretende echar balones fuera.

El culpable es siempre el otro: para los padres, la escuela; para los docentes, el Ministerio de Educación; para éste, la sociedad cambiante, absorbida por el impacto de los medios audiovisuales... Pero este enfoque argumental no nos conduce a ninguna parte. Hemos de profundizar tratando de buscar soluciones y alternativas realistas y realizables.

Muchas son las posibles causas del fracaso escolar, de acuerdo; y aunque no queremos de ningún modo simplificar, nos vamos a detener en el análisis de la repercusión de la lectura en el éxito/naufragio de nuestro sistema educativo.

Una primera aseveración podrá parecer radical, pero nuestra experiencia nos ha llevado a formularla: estamos convencidos de que el 90% de los barcos escolares que encallan antes de llegar a puerto están siendo torpedeados por problemas relacionados con la lectura. Reflexionemos juntos: ¿cómo puede desarrollar adecuadamente su proceso de maduración y aprendizaje un individuo medio que no tiene ninguna afición por los libros –por la lectura gozosa y recreativa– y cuya comprensión lectora se encuentra bajo mínimos? Un muchacho que ni siquiera es capaz de disfrutar de las fantásticas aventuras –unas veces tiernas, otras apasionantes o patéticas, o exultantes, o misteriosamente íntimas– que se esconden en la literatura infantil que existe en el mercado, ¿cómo va a ser capaz de «leer», de estudiar, de «temblar de emoción» cuando se le obligue a aprender teoremas y teorías, ideas e ideologías, historias y filosofías que están en otra onda totalmente distinta a la de sus gustos, sus intereses y sus motivaciones?

Y si ese individuo tipo no tiene ni tan siquiera una lectura comprensiva, ¿cómo va a ser capaz de realizar tareas tan poco atractivas y motivantes como la resolución de un problema matemático? ¿No hemos caído en la cuenta de que tras un chaval al que «se le dan mal los números» puede haber simplemente un problema de comprensión lectora? Si un individuo no entiende el planteamiento escrito de la tarea que pretendemos que resuelva, ¿cómo podremos saber si tiene capacidad, dificultad o ineptitud?

Otro hecho se nos antoja indiscutible: los niños, al llegar a la escuela, se estremecen de emoción cuando se inician en el aprendizaje lector. Es una emoción entre divertida y traviesa, entre misteriosa y expectante, porque saben que cuando sean capaces de descifrar aquellos signos que lo invaden todo (papeles, folletos, camisetas, TV...) habrán dado un paso de gigante para que sus padres les consideren... ¡más mayores!

Ellos están deseando bucear entre las letras, entre esas mágicas páginas cargadas de símbolos a las que los mayores llaman cuentos y de las que mamá y papá, la abuela y con un poco de suerte el maestro, extraen fabulosas historias de duendes y enanitos, de brujas y de hadas, de tierras lejanas y de objetos cercanos. Entonces el niño comienza su paso por la escuela y es ésta la encargada de provocar ese aprendizaje hechizador. Pero algo sucede, algo está fallando porque el empuje inicial, el entusiasmo innato a la curiosidad infantil se apaga a los pocos meses y dificulta el afianzamiento de un auténtico hábito lector.

¿Que la culpa la tienen la tele y los videojuegos? ¿Que la familia no lee, que no se preocupa de fomentar el gusto por los libros? Sí, todo eso está muy bien, es muy real –y a la vez muy discutible–, pero no podemos cerrar los ojos por más tiempo y debemos preguntarnos: ¿no será la escuela –con sus métodos, actitudes, escala de valores y planteamientos– la que está matando el apasionado empuje con el que el niño se acerca a los libros?

No podemos negar que la lectura en esos primeros años supone para el niño un amplísimo horizonte de fantasía y sueños, una estimulante mezcla de conjuros mágicos que le permitirán abrir mil puertas y descubrir infinitos mundos de la mano de utópicos, irreales y al mismo tiempo cercanos y entrañables seres. Nos empeñamos en dotarle de las técnicas y mecanismos para descifrar los signos gráficos, pero nos olvidamos del objetivo didáctico que ha de inspirar nuestro trabajo: lograr que el niño ame la lectura.

Ahí es donde reside el matiz revolucionario que hemos de introducir urgente e irremediablemente en nuestra didáctica de la lectura. Hasta ahora nos limitábamos en los primeros cursos de Primaria a «enseñar a leer» (deberíamos decir mejor «enseñar a descodificar signos escritos»). Y para lograrlo rebuscábamos en las editoriales hasta dar con el método que nos permitiera lograr que a final de curso nadie nos pudiera reprochar que «nuestros niños NO SABÍAN leer». Estaba en juego nuestro prestigio profesional.

Preguntémonos qué es lo que entendemos por lectura, planteémonos si esta tarea, tan compleja y a la vez fantástica y trascendente, consiste sólo en trasladar el mensaje escrito a nuestro cerebro para que éste lo recicle y modifique nuestra conducta o nuestros razonamientos posteriores, o si creemos que el proceso lector va mucho más allá, que profundiza desde lo intelectual a lo afectivo, lo emocional, lo íntimo, lo onírico e incluso lo irreal. Mientras en la escuela no se enseñe a los niños paralelamente a descifrar signos y a alcanzar una lectura crítica, comprensiva, libre y motivadora, no se conseguirá que el proceso sea perdurable y progresivo, no sólo en el tiempo sino, sobre todo, en el interés y la emoción espontánea.

Logremos que el primer contacto del niño con los libros sea apasionante, emotivo, gozoso, y que sus primeros pasos empapándose de letras le resulten inolvidables y habremos sembrado en él tal «adicción» a la lectura que un libro le arrastrará hacia todos los demás. Creo que conviene suscribir pedagógica y emocionalmente las palabras de Seve Calleja en su magnífico libro Todo está en los cuentos: «Lo leído se transformará en vivencia, en horizonte y en hábito» (1). Sería fantástico llenar nuestras aulas de lectores como el Bastián de La historia interminable. Ahora este objetivo se nos antoja utópico, pero si creemos en la lectura crítica, comprensiva y placentera desde el principio, haremos real lo que hasta ahora nos parece un sueño imposible.

Este texto es una colaboración de Kepa Osoro

 

* OSORO, K. «Bibliotecas escolares-Bibliotecas públicas: Un binomio fantástico para el siglo XXI». En Peonza, nº 42-43, pp. 22-26, dic. 1997, disponible en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/24684066324460384100080/ima0017.htm
(1) CALLEJA, S. (1992): Todo está en los cuentos. Bilbao, Mensajero.

 

 

 
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