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Lectura. Escuela. Bibliotecas (Segunda parte)

La biblioteca, eje del centro educativo

Hasta ahora el libro ha sido considerado en la escuela como fuente de conocimiento y de nociones teóricas sobre los distintos campos del saber. En las aulas durante muchos años sólo han estado presentes tres tipos de libros: los de texto, los que podían ampliar la «cultura» de los escolares y la llamada literatura «clásica» (Quijote, Divina Comedia, Lazarillo...). Pero, poco a poco, y gracias al empuje y entusiasmo de algunos docentes, se han ido introduciendo otro tipo de lecturas: las obras de literatura infantil y juvenil.

Afortunadamente en nuestro país hemos asistido durante los últimos años a una impresionante expansión del sector editorial dedicado a los más pequeños. Nuestra tradicional carencia de narrativa para ellos se ha superado por completo y ahora es una auténtica gozada sumergirse por los pasillos de las librerías porque por todas partes asoman obras magníficas (aunque por el afán de vender algunas editoriales han perdido el rumbo), tanto en ilustraciones como en calidad literaria y presentación física de los libros.

Pero esta auténtica «edad de oro» de la literatura infantil y juvenil todavía no ha penetrado con suficiente rigor, continuidad y sentido común en nuestras escuelas. Los maestros que están verdadera y personalmente comprometidos con la lectura luchan aisladamente por acercar la lectura recreativa y placentera hasta sus alumnos. Pero los equipos directivos de los centros escolares parecen todavía reticentes a admitir que la literatura para niños ha de ocupar un lugar preferente en nuestras aulas y que lo ha de hacer de la mano de otros soportes documentales todavía más «revolucionarios» para muchos docentes.

Por eso es por lo que resulta evidente la necesidad de disponer en nuestros colegios e institutos de un lugar en el que poder centralizar toda esa información. Ese lugar ha de ser la biblioteca escolar y tal vez si reflexionamos sobre sus funciones y su importacia llegaremos a ser capaces de reivindicar su establecimiento en los centros educativos por parte de las autoridades ministeriales.

La biblioteca ha de ser el corazón de la escuela, ha de ser el eje sobre el que gire toda la actividad curricular. Ha de constituirse en el motor que ponga en marcha y conduzca la nave pedagógica en la que todos estamos embarcados. Todos conocemos algunas escuelas en las que se vanaglorian porque cuentan con una biblioteca dotada de «miles de libros». Pero en esos centros no tienen biblioteca sino un mero almacén de libros colocados muy ordenadamente, pero que no tienen ninguna utilidad ni impacto afectivo en los chavales.

Mientras no cambie la concepción que tenemos de la lectura, mientras no nos convenzamos de que tenemos que albergar todo tipo de libros para crear lectores y cuidadanos libres y felices, no podremos empezar a hablar de bibliotecas como entes vivos y vivificantes. La biblioteca escolar ha de ser un centro de recursos, una fuente inagotable de información, de sugerencias, de actividades culturales y a la vez lúdicas, un manantial de instrumentos para ampliar el saber y al mismo tiempo un santuario para que brote la fantasía y el gozo por la poesía, por la palabra bella, por la aventura y el reposo. La biblioteca escolar ha de estar plenamente integrada en el centro educativo y ha de hacerse valer como centro neurálgico de la actividad formativa.

Para ello ha de contar con un personal especializado no sólo en catalogación y clasificación de documentos, sino también (nos atreveríamos a decir que sobre todo) capaz de dinamizar los fondos, y orientar y contagiar de pasión lectora a los usuarios. Un personal que trabaje codo con codo –sin complejos pero también sin altanería– con los docentes para que entre todos se vayan planificando no sólo cuestiones materiales (horarios, adquisición de fondos, necesidades), sino sobre todo didácticas, con el único fin de aprovechar los recursos de la biblioteca de un modo óptimo y beneficioso para los chicos y chicas que la dan su razón de ser.

La escuela ha de alentar la búsqueda de investigación documental, ha de facilitar a los estudiantes los mecanismos y las herramientas para que ellos mismos sean capaces de acceder a la información y puedan dirigirla de un modo creativo y riguroso hacia su interior, de manera que lo aprendido sea asimilado de un modo inteligente, significativo y duradero.

Pero no podemos olvidar que la biblioteca escolar ha de estar abierta hacia el exterior, ha de comunicarse de un modo decidido y entusiasta con otras instituciones sociales que pueden aportarle otros recursos y a las que puede enriquecer. Y esta apertura ha de venir dada no sólo por un absoluto convencimiento de que es deseable sino también por la constatación de otra evidencia, dolorosa, pero de momento irresoluble: los recursos materiales y de personal con los que cuentan nuestros centros educativos no universitarios son escasos.

Ante esta realidad no podemos cruzarnos de brazos y esperar a que la administración venga a socorrernos. Mientras esa ayuda llega, impregnemos nuestra función docente de imaginación, entusiasmo y clarividencia.

Faltan recursos, sí, pero muchas veces lo que escasea por parte de docentes y bibliotecarios es el interés por avanzar y emprender aventuras y proyectos innovadores y comprometidos. De nada sirve que el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte haya firmado un acuerdo de colaboración para crear bibliotecas escolares y favorecer su relación con las bibliotecas públicas si no producen otras transformaciones.

Si no se definen las funciones de ambos tipos de bibliotecas, si las bibliotecas públicas no dejan de esconderse (como hacen algunas de ellas) en lo que les demandan los estudiantes para no hacer otras cosas, si no hacen entender a la escuela que ellas han de fomentar la lectura en todos los ámbitos y para todos los grupos sociales... Y, sobre todo, si no cambian las estructuras escolares, las jerarquías de prioridades dentro de los currículos y el lugar en ellos de la lectura y de la biblioteca... Mientras ésta no se sienta como necesaria en la escuela y se rompan los esquemas de trabajo de muchos docentes que se aferran al libro de texto como tabla de salvación de sus propias limitaciones..., mientras todo esto no se produzca la biblioteca escolar seguirá siendo una utopía.

Por todo ello...

  • Aquellos que creemos en la lectura como pasaporte para una sociedad más libre, plural y tolerante...
  • Aquellos que creemos que la biblioteca ha de ser el núcleo regenerador de la escuela...
  • Aquellos que estamos convencidos de la necesidad de establecer puentes sólidos, cálidos y vitales entre la escuela y las bibliotecas públicas...

... tenemos la obligación de dar un paso al frente para que la fase reivindicativa en la que nos encontramos sea seguida por una plena generalización en todas nuestras escuelas de las magníficas experiencias que ya están funcionando en nuestro país desde hace algunos años.

Este texto es una colaboración de Kepa Osoro

 

 
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