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Actividades comunes
Todo el profesorado trabaja con textos de su especialidad. Sin embargo, no todo el profesorado se plantea que dichos textos en sí mismos considerados puedan recibir un tratamiento didáctico. Al contrario, la mayoría de ellos se utilizan tan sólo como instrumentos de verbalización. El profesorado los explica una y otra vez y, luego, manda al alumnado que los reproduzca lo más exactamente posible. Cuanto más exacta sea la reproducción, mejor nota. En resumen: en muy pocas ocasiones sirven como plataforma idónea para desarrollar la competencia lectora del alumnado, una competencia de la que depende que el alumnado comprenda, interprete, valore, resuma bien y escriba sin faltas… todo tipo de textos. Todos.
En fin, de las muchas y variadas actividades que pueden hacerse de modo interdisciplinar me parece oportuno señalar las siguientes:
1. Activar conocimientos previos
Fijarse en el título
Ante el título de cualquier texto podemos preguntarnos: «¿Qué dice? ¿Cómo está escrito? ¿Qué es lo que no sabemos de lo que dice el título? ¿Qué es lo que sabemos? ¿De qué hablará el texto? ¿Qué ideas o planteamientos desarrollará? ¿Me recuerda a algo de lo que he leído, he oído, he visto? ¿En qué tipo de texto encuadro dicho título, narrativo, expositivo, argumentativo?»
Por tanto, antes de leer cualquier texto, sería bueno detenerse a reflexionar en la «carnaza significante» que el título nos ofrece sin pedir nada a cambio.
Debatir el texto
El alumnado está muy acostumbrado a recibir la información de los textos como verdad absoluta. Discutir o debatir sus contenidos parece una osadía. Así, no es de extrañar que reciban los textos con tanta indolencia y sin ningún atisbo de interés. Y, sin embargo, tanto por la forma como por su contenido, muchos fragmentos de los libros de texto presentan muchas lagunas y grietas cognoscitivas. Acostumbrar al alumnado a entrar en ellos de una manera crítica y creativa ayuda a desarrollar en ellos, no sólo la competencia lectora, sino también una mirada crítica.
Leer los textos con el objetivo de debatir su contenido es una de las tareas higiénico-mentales no solo más importantes sino decisivas a la hora de desarrollar la capacidad de comprender los textos.
Escribir lo que sabemos
Antes de explicar cualquier concepto, siempre es bueno pedir al alumnado que escriba lo que sabe o piensa que sabe sobre el mismo. Las sorpresas suelen ser espectaculares. La confrontación desnivelada entre los conocimientos que se reflejan en el aula da origen a interesantes debates, en los que los conocimientos se cuestionan y se asientan.
Además, el alumnado aprende a verbalizar lo que sabe de una manera tranquila, sin las previsibles angustias que deparan los exámenes.
El sistema es elemental, pero muy productivo. Consiste básicamente en esto: El profesorado advierte que en el texto que leerá se desarrollan varios conceptos. A continuación, se propone a los alumnos que escriban todo lo que supuestamente saben de ellos. Finalmente, se pone en común lo escrito. Momento ideal para corregir todo tipo de incongruencias, supersticiones, lugares comunes, prejuicios e ignorancias varias. Y, también, para asentar una buena línea de acceso al conocimiento mediante la conversación.
Preguntas dirigidas
Todo texto, por muy tonto que sea, puede sufrir la acometida de una batería de preguntas. Pero hasta en saber preguntar hay toda una metodología precisa, que puesta en práctica incidirá en el desarrollo de la competencia lectora del alumnado. Las preguntas con las que podemos abordar cualquier texto pueden adquirir las modalidades siguientes: literales, inferenciales-deductivas, interpretativas, críticas, valorativas…
2. Trabajo del vocabulario
Es una queja unánime que el alumnado no dispone de un vocabulario rico, exacto y riguroso. Y no lo tiene ni de las asignaturas que componen su currículo. Mal síntoma. Esto indica que algo no funciona en la transmisión y aprendizaje de este léxico que aparece tan exuberante en los libros de texto. La mayoría se pierde sin que deje huella en las cisuras del alumnado. Cosa triste, desde luego.
Sólo dos propuestas al respecto1.
Definiciones
Definir no es fácil para ninguna persona, y menos para el alumnado. Adquirir el esquema mental preciso para enfrentarse a definir cualquier concepto, incluso de aquellos que no tenemos ni la más remota idea, es un aprendizaje como otro cualquiera.
En todas las áreas obligamos al alumnado a definir palabras, términos, conceptos y sistemas.
Sería bueno que en el currículo se estableciera una metodología interdisciplinar para llevar a buen puerto dicho cometido.
Al terminar el ciclo de la ESO, el alumno debería saber definir cualquier palabra siguiendo el esquema mental al que he hecho referencia, y, en consecuencia, conocer y practicar los cuatro tipos de definición canónicos existentes: descriptiva, finalística, contrastiva (se define por comparación con otro objeto) e inclusiva (se incluye otro elemento en la definición, que a su vez necesita ser definido).
Intercambio lexical
Dada la endogamia en la que estamos instalados, es muy difícil encontrar experiencias interdisciplinares en las que se intercambie el vocabulario de las áreas, con el fin de comprobar si el alumnado es capaz de extrapolar de una manera exacta y rigurosa un concepto perteneciente a una determinada rama del saber.
Da cierta pena contemplar que el alumnado no utilice de forma procedimental e interdisciplinar el vocabulario que aprende en las respectivas áreas. Porque se pierde una experiencia no sólo divertida sino inmejorable para poner en circulación dicho vocabulario.
Este texto es una colaboración de Víctor Moreno
(1) Un desarrollo pormenorizado de actividades en esta línea puede encontrarse en mi libro Leer para comprender, editado por el Gobierno de Navarra, Departamento de Educación, 2003.
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