En 1984, muy cerca de Siberia, alrededor de tres mil ballenas quedaron varadas entre unos inmensos bloques de hielo. Sin apenas opciones de supervivencia, el pueblo indígena chukchi -que habita una zona muy extensa y casi despoblada entre el mar de Bering y el mar y la península con su mismo nombre-; dio la voz de alarma, provocando que tropas norteamericanas, rusas, canadienses y japonesas se uniesen para intentar ofrecer una solución de emergencia. El álbum narra la increíble historia a través de los ojos de Akkú, quien descubre la tragedia y avisa al resto de cazadores de la aldea y, a su vez, a los gobernantes, para solicitar ayuda. Con el manto de las inigualables ilustraciones de Zuzanna Celej, asistimos a la impotencia del rescate, abanderado por el capitán Kovalenko al frente del rompehielo Moskvá; y el insólito remedio que permitió un, hoy lo sabemos con certeza, final feliz. Pinturas diluídas en agua para crear colores y una atmósfera suave; combinadas con los trazos del lápiz, entre otras técnicas artesanas, confieren un áurea evocador al proyecto, y transmiten las sensaciones gélidas del escenario donde transcurre la acción. El uso maestro de las tonalidades aporta calidez, la misma que destila el noble deseo de los salvadores, que no dudan en sumar para lograr un buen fin; y en el profundo amor que los protagonistas demuestran por la naturaleza y los animales atrapados, una enorme cantidad de belugas con exquisito gusto musical (algo que les libró de una muerte segura)
En 1984, muy cerca de Siberia, alrededor de tres mil ballenas quedaron varadas entre unos inmensos bloques de hielo. Sin apenas opciones de supervivencia, el pueblo indígena chukchi -que habita una zona muy extensa y casi despoblada entre el mar de Bering y el mar y la península con su mismo nombre-; dio la voz de alarma, provocando que tropas norteamericanas, rusas, canadienses y japonesas se uniesen para intentar ofrecer una solución de emergencia. El álbum narra la increíble historia a través de los ojos de... Seguir leyendo
Operación Beluga

Akkú salió de su yaranga temprano y bien abrigado. Tenía que aprovechar las pocas horas de crepúsculo que había durante la noche polar, pues en esos días de invierno apenas salía el sol.
Cerraba los ojos para protegerse del viento. No le importaba, porque se sabía de memoria el camino al mar.