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El fomento de la lectura en el Bachillerato (Primera parte)

1. Introducción

Antes de reflexionar sobre el modo de articular el fomento de la lectura en la etapa anterior a la Universidad –es decir, de cara a los estudiantes de Bachillerato–, debemos analizar cómo leen estos jóvenes, por qué lo hacen y qué buscan en la lectura. Sólo desde esta perspectiva, enfocando el tema desde el conocimiento profundo –pero siempre relativo, no lo olvidemos– de la realidad juvenil, podremos llevar a cabo una mediación rigurosa y, en suma, efectiva.

En cualquier caso, conviene comenzar recordando que la lectura –no sólo la de ficción– juega un papel muy importante en la formación y desarrollo de la personalidad del joven lector, pues su madurez comunicativa precisa tanto de los mundos ficticios que le ofrece la narrativa, como de la estética de la poesía, el dramatismo del teatro y la información y el conocimiento de los materiales de lectura documentales. Con todo ese bagaje el joven construirá su itinerario de lecturas al tiempo que irá dotando de sentido a su existencia.

2. ¿Cómo leen los jóvenes?

El joven al leer se mueve por una miríada de motivaciones y por eso accede a un abanico enormemente amplio de tipologías textuales y materiales y soportes de lectura. Las historias le ayudan a comprender las pulsiones, reflexiones y realidades de los otros, pero al mismo tiempo en las novelas se cuenta a sí mismo, se explica, se entiende e incluso se propone retos de cara al futuro. Entre las páginas del libro –o en las pantallas de un hipertexto– el lector encuentra las palabras que le permiten explicar sus miedos, sus sueños, sus ideas y sus sentimientos, y con ellas va tejiendo su discurso, su relato individual original e intransferible.

La ficción puede favorecer la evasión de su realidad al permitirle recrearse como miembro de ese mundo irreal e identificarse con tramas y personajes. Pero el joven va mucho más allá: busca placer, enriquecimiento, ventaja, desarrollo, satisfacción estética, ausencia de censuras... Sólo si la lectura le aporta una experiencia satisfactoria, si le hace vibrar, si se siente aludido y afectado en sus emociones, la convertirá en un hábito libre.

Más que ningún otro, el lector joven se muestra activo, crítico y exigente en sus experiencias lectoras. Interactúa con el texto y le requiere respuestas a sus intenciones de lectura. Se sitúa ante lo leído con objetivos claros y construye su significado en función de ellos. Y es que a través de la lectura el joven se ubica en el mundo y rentabiliza lo leído en su vida. Joëlle Bahloul1 nos recuerda que lo que convierte a un joven en lector no es qué o cuánto lee, sino el modo en que capitaliza la lectura en su vida social, afectiva, política o laboral, cómo y por qué se aproxima a la lectura, quiénes le invitan a ella y cómo socializa sus vivencias lectoras.

El joven lector es ecléctico, pragmático, desordenado e imprevisible a la hora de elegir sus lecturas: no tiene tiempo ni poder económico suficientes para dibujar un itinerario lector equilibrado, bien reflexionado y elegido libremente. Por eso mezcla géneros y autores, materias y corrientes, soportes y recursos. De entrada rechaza el canon tradicional porque le ha sido impuesto por la escuela y lo sustituye por un canon personal condicionado por su propia ideología y sus vivencias emocionales y sociales. Suplanta la pedagogía de la lectura del instituto, las orientaciones moralizantes y canónicas de los adultos, por una lectura democrática, reivindicativa, que le permita disfrutar, recordar, solucionar sus necesidades informativas y prácticas y aprender de un modo único y libre.

En el joven confluyen dos tipologías lectoras aparentemente contradictorias: la individual –subjetiva, íntima, silenciosa y libre– y la social –sus pares le recomiendan, intercambian, comentan. Y se introduce el acto lector casi a trompicones, donde y cuando puede (en la sala de espera, en el transporte, en los intermedios, en la regazo acogedor del sueño...).

Ante la primacía de la imagen y las tecnologías avanzadas, el lector joven se muestra abierto, participativo, dinámico y receptivo. Asume con desenvoltura y flexibilidad la diversificación de soportes y las nuevas prácticas intelectuales y de lectura que conllevan. Y es que el joven tiene claro que debe buscar múltiples experiencias informativas –no sólo las que le ofrece la lectura–, sondear nuevos canales de culturización aunque sean sofisticados y habituarse a leer mensajes en movimiento apoyados en los diversos lenguajes multimedia.

El joven acepta con naturalidad el nuevo modus legendi que introducen las tecnologías avanzadas: se supera la lectura lineal, secuencial y plana, condicionada por la intención del escritor al crear su texto, para hacer fluida la hipertextualidad que requiere una práctica multisecuencial y multilineal en la que el lector autónoma y libremente se desplaza por las diversas lexias abriéndose a nuevas trayectorias y nuevas fuentes a través de los hipervínculos.

Debemos admitir que entre el lector juvenil y el canon literario se produce un conflicto porque de entrada –como queda señalado– el joven tiene una vivencia escolarizada de la literatura que le induce a rechazar el valor estilístico-estético como criterio de selección de sus lecturas. Como recuerda Moreno2, «la literatura considerada como simple sede de la belleza no posee fuerza penetrativa». El joven prefiere guiarse –dada su escasa competencia lectora– por motivaciones éticas y emocionales. La estética de la recepción viene a darle la razón al conceder al lector el papel protagonista de la experiencia de lectura. Por eso, como mediadores, los profesores de Bachillerato deberán permanecer alerta ante el modo en que cada uno de sus alumnos recibe, recrea, interpreta e interioriza, a través de la actividad lectora, una determinada obra literaria o cualquier otro texto. Y a partir de esa información, ofrecerles puentes entre la literatura de calidad y la de éxito comercial. ¿Cómo hacerlo? Dotándoles de unas habilidades y destrezas capaces de convertirlos en lectores competentes.

Finalmente, no olvidemos que hablar del lector joven es una trivialidad porque no existe un arquetipo juvenil, ya que el comentado deseo de originalidad e individualización del sujeto en esta etapa vuelve imposibles y frívolas las generalizaciones. Por eso propugnamos la necesidad de realizar investigaciones rigurosas sobre la lectura juvenil que vayan más allá de la mera extracción de datos cuantitativos universalizadores y den la palabra a los jóvenes de modo que puedan expresar –mediante respuestas escritas espontáneas, pausadas y reflexivas– su modo de entender y vivir la lectura.

Y es que, con Beatriz Sarlo, creemos que la juventud no es una edad sino una estética de la vida cotidiana.

3. ¿Por qué leen los jóvenes? ¿Qué buscan en la lectura?

Rebeldía, crisis y búsqueda de la propia identidad son pátinas que barnizan los primeros años de la juventud. El individuo trata de hallar su sitio en el mundo y se parapeta –muchas veces tras meras poses autoprotectoras– para ganar tiempo y no perderse a sí mismo. Y es en la lectura literaria donde más nítidamente se manifiesta esta crisis. Liliana Bodoc3 es rotunda al manifestar que la literatura está obligada a generar una crisis en quien lee y argumenta que todo acto de lectura –si pretende “tocar” al lector– conlleva un conflicto que implica separación, distinción, elección, decisión, disputa y emisión de un juicio.

García de la Concha contrapone la lectura a los signos dominantes hoy en día y la define como un símbolo de resistencia en el que el sujeto empieza a encontrarse a sí mismo. «El arte de leer no es un capítulo más de la enseñanza. La lectura es un centro de actividad total del espíritu, en cuya práctica se movilizan y adiestran la inteligencia, la sensibilidad, los valores morales y los estéticos.»4

Los jóvenes leen porque necesitan sentirse protagonistas y miembros de un grupo social. Si en vez de adoctrinarles y decirles lo que tienen que pensar y sentir, la literatura les convoca desde el respeto, se sienten llamados y aceptan gustosos la invitación... y el reto.

Por eso buscan materiales de lectura tras los cuales puedan descubrir autores honestos que escuchan sus historias singulares, que no adoptan la pose del supuesto lenguaje y los intereses de los jóvenes, sino que les hablan de tú a tú, con transparencia, mostrándoles que la literatura juvenil no es un precalentamiento, un paso previo ni una etapa light anterior al ingreso en el sacrosanto mundo adulto. El joven quiere enriquecerse, no repetirse. Si el libro está escrito en su jerga y refleja las mismas vivencias y problemáticas a las que se enfrenta cotidianamente, ¿qué necesidad tiene el muchacho de leer? Con mirarse al espejo sería suficiente. Buscan lecturas que contribuyan a avivar su fuego genuino y original, no a llenar vacíos provocados por la inmadurez. Porque los jóvenes están en formación –¡y quién no!– pero tienen criterios e inquietudes propios y plenamente legítimos.

El estudiante de Bachillerato que lee lo hace también porque es activo y le gusta apropiarse de los textos –igual que hace con las películas, las canciones, las obras de arte...– y desbrozarlos a su gusto, interpretarlos, rebatirlos y reconstruirlos insertando en ellos sus posicionamientos, sus deseos y las respuestas a las preguntas que le atormentan.

Creo, como Michèle Petit5, que el joven lee porque precisa descubrirse, construirse o reconstruirse, pero también para olvidar o para distraerse; y hacerlo le permite crear su mundo interior, su subjetividad, su intimidad al favorecer sus sueños. Lee porque al hacerlo está cimentando su propio espacio, su rincón inaccesible, el hogar donde habitar protegido de las agresiones del mundo exterior y al que deja asomarse sobre todo a aquellos con quienes comparte sueños, frustraciones, proyectos y –por qué no– lecturas.

Si el texto le alude despertando sus motivaciones, se deja explorar y leer por las palabras que van avivando y liberando energías hasta entonces escondidas, bloqueadas o desconocidas para el individuo. Se inicia así un intercambio dialógico entre lector y texto de consecuencias impredecibles que –nos recuerda Petit– ayuda a articular la propia historia desde la resistencia, la trasgresión y la identidad personal.

El joven lee también porque necesita comprender el mundo, a sus congéneres y a sí mismo. Para lograrlo debe poseer una competencia lectora que le permita leer con flexibilidad y eficacia. Y ese es precisamente el drama que han de superar nuestros estudiantes de Bachillerato: las profundas lagunas que arrastran desde la escolaridad obligatoria y que se concretan en una escandalosa pobreza léxica, una carencia vergonzante de estructuras expresivas y un bajísimo nivel de dominio de las estrategias de comprensión que ha de poner en juego todo individuo que se enfrente a cualquier tipología textual en cualquier soporte y lenguaje.

 

Este texto es una colaboración de Kepa Osoro

NOTAS

  1. BAHLOUL, J. (2003): Lecturas precarias estudio sociológico sobre los «poco lectores». México DF: Fondo de Cultura Económica. Subir
  2. MORENO, V. (1995): «Jóvenes y lectura». CLIJ, 72, pp. 30-36. Subir
  3. Sugiero la lectura de su artículo «La literatura juvenil sin comodidad», disponible en el portal GRETEL que agrupa las actividades de docencia e investigación relacionadas con la LIJ que se generan en la UAB, en su mayoría vinculadas al Departamento de Didáctica de la Lengua, la Literatura y las Ciencias Sociales. Disponible en: http://literatura.gretel.cat/sites/default/files/Liliana_Bodoc.pdf  ( Consulta: 22 de julio 2014). Subir
  4. En la conferencia inaugural de la 64ª Feria del Libro de Madrid, bajo el título La lección de Alonso Quijano, en la que, entre otras cosas, dijo que «el arte de leer no es un capítulo más de la enseñanza, sino un centro de actividad total del espíritu, en cuya práctica se movilizan y adiestran la inteligencia, la sensibilidad, los valores morales y los estéticos». Subir
  5. Imprescindible se me antoja la lectura de su libro Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. México DF: Fondo de Cultura Económica. Subir
 
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