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Precisión terminológica
La expresión «hacer lectores» suele plantearse como una necesidad ineludible del sistema educativo. En ciertos discursos, parece como si la única actividad exclusiva y excluyente de la institución educativa fuese la lectura. Se olvida con parsimonia inconsciente que el objetivo de una enseñanza y aprendizaje de la lengua es la «competencia lingüística», de la que forman parte indisoluble hablar y escribir, la oralidad y la escritura, dos aspectos en los que apenas se repara.
Sería bueno liberarnos ya de cierta especie de teleología lectora –quizás, habría que decir, también, teología místico-lectora– consistente en asegurar que los centros educativos, si algo deben hacer, es hacer lectores.
Desafortunado imperativo categórico que convierte a los centros en los exclusivos depositarios responsables de las estadísticas de baja lectura que pululan en los medios oficiales. Si queremos seguir haciéndonos responsables de dichas cifras, lo tenemos muy fácil: sigamos afirmando urbi et orbi que los centros educativos, si algo tienen que hacer, es hacer lectores.
No sólo. A los centros educativos también se les endilga la responsabilidad de la falta de cultura en general y del ínfimo y achabacanado gusto literario que tiene la gente en particular. Al fin y al cabo, siempre se termina diciendo que tener un buen gusto literario (?) es fruto de la educación recibida. Y como en este país, los únicos ámbitos donde, al parecer, se deforma el gusto literario son la escuela y la universidad…, pues eso.
La obsesión lectora es tal que se ha llegado a escribir que una escuela que no hace lectores es una escuela fracasada. Afirmación tan malévola como falsa. Pues ningún profesor de lengua agota en uno de sus actos didácticos su rica y variada profesionalidad. Como falsa imputación es, también, atribuir en exclusiva a la escuela dicho compromiso. Los centros educativos son una variable más, importante sin duda, en la configuración del carácter y temperamento lector de los ciudadanos, pero mucho más lo son otras paralelas instancias simbólicas que inciden de forma mucho más eficaz en la decantación cultural e intelectual de las personas.
En cualquier caso, la pregunta radical seguiría siendo la misma: ¿cuál es la finalidad de los centros educativos, y en especial, de los centros de Secundaria, en relación con la lectura?
La respuesta es tan sencilla como compleja de plasmar. No se trata de «hacer lectores», sino de desarrollar la competencia lectora. En definitiva, de «hacer lectores competentes».
Y, antes que nada, convendría precisar dos premisas importantes.
Primera premisa: hacer lectores no es lo mismo que hacerse lector.
Hacer lectores es una expresión tan inefable como vaga. La expresión «hacer lectores» es típica y tópica de la llamada animación lectora. Que se sepa, hacer lectores no implica un planteamiento teórico y práctico de la lectura; pues se limita a establecer un conglomerado de actividades divertidas y recurrentes que tienen la virtud de, al menos, no hacer odiosos los libros y su lectura. Lo que no es poco en estos tiempos de indigencia cultural.
Ninguna animación lectora –es decir, ninguna plataforma divertida de hacer lectores– tiene como objetivo específico desarrollar la competencia lectora de su feligresía. En realidad, en la animación lectora se lee muy poco; lo que se hace en ella es jugar con la lectura. Lo cual está muy bien, pero no es el nudo gordiano que conviene atajar.
Hacerse lector –que es verbo reflexivo– es harina de otro costal. Hacerse lector pertenece a la privacidad, a una decisión personal; es responsabilidad individual, subjetiva, libre, o, por lo menos, tiene la apariencia honorable de la libertad.
En la decisión de hacerse lector influyen muchos y variados factores. El que nos incumbe, como profesores, consiste en hacer de nuestros alumnos lectores competentes. Por eso, la institución escolar tiene que asumir sin subterfugios la responsabilidad que le es inherente de forma inequívoca: desarrollar dicha competencia.
Segunda premisa: conviene aclarar que el desarrollo de una óptima competencia lectora no asegura que quien la posea se haga lector.
Es un hecho evidente que no todas las personas que saben leer leen. Existe una infinidad de sujetos que, en posesión de una envidiable competencia lectora, no tienen la lectura como una opción apetecible para llenar de suma felicidad sus horas de ocio. Al contrario, aseguran que no les gusta leer, pues, en su opinión, la lectura es un aburrimiento.
Y ante tajante manifestación de radicalidad poco o nada valen los discursos bienintencionados, sean metafísicos o farmacológicos.
¿Entonces? Dos propuestas, perfectamente compatibles e interrelacionadas.
Este texto es una colaboración de Víctor Moreno
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