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Para llegar a ser experto
K. Anders Ericsson ha estudiado la trayectoria que conduce a violinistas, tenistas o ajedrecistas a la maestría. En esencia, este autor sostiene que hay tres rasgos que caracterizan esas
trayectorias.
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Es un proceso prolongado. Uno de los resultados más consistentes es que para llegar a ser expertos en esos dominios se requiere una experiencia de formación muy prolongada en el tiempo. De hecho, parece cumplirse aquí la denominada regla de los diez años, establecida por primera vez en el trabajo pionero de Simon y Chase.
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Es un proceso muy selectivo. Como resulta notorio, no todos los que se inician en una actividad alcanzan un nivel de excelencia. Al contrario, los datos muestran que según se eleva el grado de maestría exigido, en esa misma medida crecen los abandonos. ¿Se imaginan a un preadolescente sugiriendo a sus padres: «¡Oye, que lo dejo!», refiriéndose no al judo o al ajedrez, sino a la lectura y la escuela?
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La práctica deliberada. Ya hemos visto que no todas las personas que se inician en un dominio alcanzan las etapas finales de maestría. ¿De qué depende entonces el éxito? Para Ericsson (1993) un factor fundamental es que los aprendices experimenten lo que Ericsson denomina una práctica deliberada, que en esencia contiene dos condiciones generales:
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El aprendiz debe plantearse la tarea de aprendizaje como una oportunidad para mejorar el nivel de ejecución ya conseguido (por esa razón, los ejercicios realizados de manera rutinaria, mecánica o a ciegas no constituyen práctica deliberada).
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El aprendiz debe comprometerse con la tarea de tal manera que busque alcanzar la mejor ejecución posible (este rasgo excluye actividades dirigidas a la diversión o a la exhibición de la competencia). La práctica deliberada requiere, pues, determinación, energía, supervisión y atención sostenida; todo ello aderezado por un apreciable y orgulloso apoyo familiar y social. En ese sentido, Ericsson señala que es raro encontrar una familia con más de un miembro que alcance ese nivel de excelencia.
El interés del trabajo de Ericsson es haber demostrado que la práctica deliberada brilla por su ausencia en el caso de aquellos que simplemente son aficionados. Más relevante aún, la práctica deliberada no sólo es necesaria para alcanzar niveles progresivos de maestría sino para mantener o conservar el nivel de maestría que se hubiera alcanzado.
En definitiva, llegar a dominar una competencia compleja requiere habitualmente mucho tiempo, apoyo cognitivo y emocional, y un compromiso sostenido con la tarea. Justamente por eso, no todos sabemos tocar el violín o hablar a la perfección el inglés, y quienes lo consiguen reciben como contrapartida la admiración general, tal y como San Ambrosio la suscitó en su tiempo por su forma de leer. Lo interesante es que, como quizás el lector ya haya adivinado, estas páginas han sido escritas desde la convicción de que dominar plenamente la lengua escrita tiene la misma dificultad que llegar a ser un buen tenista, sólo que aquí, y no en el tenis, nos planteamos que esa conquista se extienda a toda la población y, por tanto, que toda la población se mantenga ligada a un proceso de formación que dura años y exige un intenso compromiso.
Por supuesto esa tarea es incomparablemente mayor que simplemente conseguir formar a un selecto grupo de escribas. Probablemente, para conseguir un selecto grupo de escribas basta con exigir «comprensión» y no enseñarla explícitamente, pero para mantener a toda la población en un proceso que dura años de esfuerzo acumulativo, la enseñanza sistemática y organizada de recursos para operar con los textos se vuelve imprescindible. Es igualmente necesario subrayar que esa enseñanza explícita que aquí defendemos reclama el esfuerzo y la determinación que con razón todos los docentes esperan de sus alumnos. El único matiz que debemos introducir es que para poder exigir más (a los alumnos) debemos (los profesores) «dar» también más. Por alguna razón, alentamos una absurda confusión entre innovación educativa y –llamémoslo así– relajación, cuando el mensaje es otro: comprender el punto de vista del alumno es el camino para exigir ese esfuerzo y responsabilidad que se asocian inevitablemente con la maestría de cualquier dominio. Finalmente, cabe concluir que datos como los del Informe PISA nos muestran lo lejos que estamos aún de nuestros ideales, pero también cuánto hemos avanzado: simplemente el hecho de pretender que todos acabemos actuando como lo hicieron en tiempos pasados los mejores y que nos irritemos y decepcionemos cuando constatamos que aún no lo hemos conseguido, es la mejor señal de lo mucho que hemos dejado ya atrás.
Este texto es una colaboración de Emilio Sánchez
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