De cuando en cuando aparecen en el horizonte de la literatura infantil ilustradores que cautivan por aportar una gama estética diferente, en este caso con cierto aire vintage, a lo habitual. El artista canario Víctor Jaubert fusiona iconografías de otro tiempo (formas de vestir, peinados u objetos, -radios de mesa, tocadiscos, maletas sin ruedas...-); con una paleta de colores que evoca a los mejores tiempos del cartoon o a los cuentos más populares en los años setenta y ochenta entre aquellos niños lectores, hoy padres y abuelos. Ese homenaje a los que nos precedieron es, también, el hilo narrativo de un álbum que describe una preciosa e imaginaria tradición familiar, la que une a pequeños y mayores de un mismo clan en torno a una colcha que ha pasado de generación en generación sumando las creaciones propias de cada integrante. Cada personaje aporta un motivo ilustrado, que es al mismo tiempo un jalón en la historia propia de los personajes y etapas que confluyen. Esos dibujos sirven como complemento a cada episodio, que desemboca en un epílogo con el último eslabón de la cadena (hasta ahora), un narrador que, mientras lees esto, seguirá cosiendo recuerdos. La suma de todos los diseños aparece recogida en una gran imagen final, a página completa, a modo de elegante broche. Desirée Acevedo (a quien conocimos por El color de tu piel); desgrana emocionantes fragmentos para analizar el paso del tiempo en una saga que comienza en la tatarabuela, persona que ideó la dinámica. ¿Por qué no les imitamos en nuestras casas?
De cuando en cuando aparecen en el horizonte de la literatura infantil ilustradores que cautivan por aportar una gama estética diferente, en este caso con cierto aire vintage, a lo habitual. El artista canario Víctor Jaubert fusiona iconografías de otro tiempo (formas de vestir, peinados u objetos, -radios de mesa, tocadiscos, maletas sin ruedas...-); con una paleta de colores que evoca a los mejores tiempos del cartoon o a los cuentos más populares en... Seguir leyendo
La colcha de nuestros recuerdos

Mi tatarabuela fue la que tuvo la idea. Cada mujer de la familia debía coser un cuadrado para elaborar una colcha única y especial.
A ella le encantaba cantar mientras desenvainaba guisantes. Ese era su momento de paz, por eso quiso representarlo.